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EDITORIAL

Cuba y el Papa

El Papa Benedicto XVI viajó a Cuba, hizo unos discursos y salió. La visita fue una victoria para Cuba socialista de muchas maneras.

Lo que reveló, una vez más, fue que la revolución cubana y sus dirigentes son fuertes porque tienen el apoyo de las masas de gente. La asistencia para ver al Papa fue respetable pero no abrumadora. Incluso la prensa estadounidense tuvo que señalar antes de la visita que el catolicismo no es una religión arraigada en Cuba; y que la Santería es más popular, especialmente entre los Afro-Cubanos/as.

El problema principal en Cuba no es con el catolicismo. El problema es con el imperialismo norteamericano, que ha intentado — y fallado — hace más de 50 años derribar la revolución a través de una invasión directa, años de sabotaje y asesinato contra sus dirigentes, un bloqueo que pretende destruir la economía de la isla, y el cultivo de un pequeño grupo de disidentes con lazos mafiosos en Miami y otros restos de la dictadura de Fulgencio Batista despreciada — una marioneta de EE.UU. Si alguna vez hubo uno.

El mayor problema para la clase dirigente de EE.UU. es que el pueblo cubano entiende todo esto. Saben que sus líderes están verdaderamente de su lado, y se han sacrificado junto a ellos cuando la situación ha sido dura. Las personas se niegan a ser compradas con falsas promesas de lo que obtendrían si se volvieran contra el sistema que les ha dado un magnífico establecimiento educativo, la mejor atención de salud en el hemisferio y un bono de solidaridad con todos los pueblos que luchan en todo del mundo. “Vende patria” — alguien que vende su país — es lo peor se le puede llamar a un cubano.

Los cubanos sólo han atravesado un largo proceso de revisión y actualización de su estructura jurídica y política. Propuestas sobre todas las cuestiones fueron llevadas a la gente, en sus lugares de trabajo, sus escuelas, sus barrios — para que pudieran debatir, criticar, aceptar, rechazar, modificar y mejorar las nuevas leyes. Así es como la democracia cubana funciona, y es infinitamente mejor que el comprado-y-pagado- sistema electoral en los países capitalistas que siempre da el mismo resultado: la regla de los banqueros y jefes sobre las masas del pueblo.

Sin embargo, el departamento de Estado y la Casa Blanca estaban esperando convertir la visita del Papa en un bombardeo de propaganda contra la revolución cubana. Querían que el Papa pidiera la liberación de su agente pagado, Alan Gross. Querían que se reuniera con las llamadas damas de blanco, un grupo cuya política hace eco del departamento de Estado. Y no querían que dijera nada negativo sobre el bloqueo — los Estados Unidos lo llama un embargo — que no sólo evita que las empresas estadounidenses entablen relaciones comerciales normales con Cuba pero castiga incluso a otros países que lo hacen.

El Papa tenía toda América Latina para pensar. Sabía que Cuba es muy popular allí, y que si él accedía a las exigencias de Washington perdería permanente lo que es en muchos sentidos el último bastión de la Iglesia Católica. Al final nada dijo acerca de Gross, no se reunió con las damas de blanco y lamentó públicamente el embargo — igual que lo lamenta el 99 por ciento de los países en el mundo cada año cuando la Asamblea General de la ONU vota sobre este tema.

Felicitamos a Cuba por cómo fue manejada la visita del Papa. Los líderes mostraban confianza en la madurez política del pueblo cubano y el pueblo mostró que merecen confianza.


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